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30 días, 11 estados, 129 horas al volante, 7.322 kilómetros… un recorrido por el corazón y el alma de los Estados Unidos. Comenzamos…
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Mientras escribo estas líneas, la jefa está probándose los trapitos que se ha comprado esta mañana en el outlet. Paso a relataros…

Tras un desayuno “energético” compuesto por un huevo al que le habían enseñado el agua y un par de salchichas, dejamos el motel con el ¿inocuo? propósito de visitar un outlet en Gilroy con más de 150 tiendas que pilla de camino a San Franciscouna inocente parada, ¿verdad? ¡já!

¿Habéis visto en las películas cuando se ve a una mujer que va de compras y a un séquito de personas que la siguen cargados con paquetes y bolsas? Pues ese era yo… En este viaje hemos visto carreteras que se perdían en el horizonte, grandes maravillas de la naturaleza, ciudades famosas en el mundo entero… pero el entusiasmo de hoy no se lo había visto a Lourdes hasta ahora. Nunca había visto a nadie moverse con tanta soltura y destreza entre perchas y expositores de ropa. Ni las dependientas podían seguirla; ya no digamos yo, que vagaba por la tienda cual alma en pena detrás de ella.

Dragon’s Gate, la puerta de entrada a Chinatown. SAN FRANCISCO, CA

A eso de las 3 de la tarde, la señora ha dado de manos. El caso es que no sé cómo, pero hemos pasado de ir dos en el coche a que se nos acoplen un tal Ralph y un Tommy no sé qué… eso sin tener en cuenta la vaca muerta que llevamos en el maletero desde Los Angeles. En este coche ya no cabe más gente…

Comemos algo en un Applebees cercano a los outlets y por fin enfilamos la 101, que nos llevará directamente hacia San Francisco. El caso es que aquí la autopista tiene también de cuatro a seis carriles en cada sentido y hay bastante tráfico, pero la sensación es de mucho menos agobio que en L.A. De hecho, penetramos hasta el corazón de la ciudad sin sufrir ni una sola retención. Genial. Circulamos por nuestras primeras calles empinadas y llegamos hasta la misma puerta de Chinatown. El hotel está estratégicamente situado en la esquina de la Chinatown Gate, la puerta de entrada al barrio chino de la ciudad. El hotel es modesto pero funcional… y sobre todo barato, porque el precio de los alojamientos en San Francisco es de locura.

El barrio chino no es excesivamente grande pero está hiperpoblado.

Es posible comprar raíces y plantas de todo tipo en las pequeñas tiendas de Chinatown.

Tras dejar las cosas en la habitación, nos vamos a dar una vuelta por Chinatown. Al traspasar la puerta de entrada, vemos lo que sería el sueño de mi abuela: una calle plagada de tiendas de Todo a Cien. Los precios son muy baratos y aquí puedes comprar casi cualquier cosa que se te pase por la cabeza.

Chinatown en San Francisco constituye la comunidad china más grande del mundo fuera de su país: conservan todas sus costumbres, los carteles de las tiendas están en su idioma y la única lengua que se oye en las numerosas fruterías y verdulerías del barrio es el chino. En estas tiendas hemos visto un montón de raíces y plantas raras de uso común, suponemos, en Asia. Por cierto, chillan un montón y la higiene brilla un poco por su ausencia en los puestos. La verdad es que el ambientillo está genial, amenizado incluso con música:

Llegada la hora de cenar, las 6 de la tarde, hemos entrado un poco por casualidad a un restaurante de sushi de los que la comida va pasando por delante de ti y coges lo que te apetece. Nunca habíamos estado en uno, sólo lo habíamos visto en las pelis, y la verdad es que es muy divertido. En este la comida pasaba por delante en pequeños barquitos de madera que surcaban un minicanal de agua alrededor de la cocinera, que permanentemente cargaba los barcos de sushi y otras cosillas. El sistema es sencillo: hay cuatro tipos de platos diferentes, cada uno con un precio. Vas cogiendo y, al final de la comida, la camarera se acerca a hacer recuento.

El término kaiten sushi (回転寿司) o kaitenzushi sirve para describir un restaurante de sushi donde los platos se colocan sobre un trasportador de banda que atraviesa el local y pasa por cada puesto de los comensales. Es posible pedir alguna orden especial o, simplemente, coger directamente el plato de su elección. La cuenta final se calcula en base al número y tipo de platillos que se hayan consumido. Además de la banda transportadora, algunos restaurantes usan una presentación más elegante que es la de utilizar pequeños botes de madera viajando a través de pequeños canales o trenes en miniatura.

Con esto finalizamos nuestra primera tarde en San Francisco. Por cierto, hace un frío de cojones. Mañana más…

Interior de la antigua catedral de Santa María en Chinatown. SAN FRANCISCO, CA

Exterior de la catedral.

Nuestra primera incursión en San Francisco ha sido para comprar ropa de abrigo porque hace un frío polar. Conforme llegábamos ayer a la ciudad veíamos a la gente excesivamente abrigada para el sol que hacía. No nos lo explicábamos, pero fue cuando salimos del coche cuando lo entendimos todo. En esta ciudad, tan pronto te mueres de calor como te falta ropa para taparte. Hay una frase famosa de Mark Twain que describe a la perfección lo que es el clima por esta época: “El invierno más duro que pasé fue un verano en San Francisco”, y no exageraba…

Como la ropa que traemos en la maleta es más bien ligerita, nos hemos ido a comprar las típicas sudaderas y chaquetones de SF a las tiendas de ChinatownDe paso que nos adentrábamos otra vez en la pequeña China nos hemos acercado a ver la antigua catedral de Santa María, que tenía buena pinta por fuera y que no nos ha decepcionado por dentro.

Una vez bien forrados, mapa en mano nos hemos dirigido a ver el cambio de agujas de los tranvías, en la esquina de Powell St. con Market St. Ni que decir tiene que la gente se agolpaba en primera línea para verlo, pero hemos conseguido hacernos un hueco. El sistema es de “tracción animal”, vamos: el tranvía se sitúa en una plataforma giratoria que giran a mano dos operarios municipales.

Después de esto nos hemos acercado a la plaza Hallidie a comprar el abono que nos permitirá coger los distintos medios de transporte de la ciudad las veces que queramos durante nuestra estancia en San Francisco. El transporte público en SF funciona muy bien, así que dejaremos el coche en el parking. Tras hacer una pequeña cola, nos fuimos a visitar el City Hall, uséase, el Ayuntamiento. Además de verlo por fuera, visitarlo por dentro es gratis. Debe ser la única Casa Consistorial del mundo que está plagada de turistas, increíble. Allí está la escalera por la que bajaba el gran Harry Callahan, Harry ‘El Sucio’…

Ayuntamiento de San Francisco.

Las escaleras del Consistorio han aparecido en múltiples películas de Hollywood.

Tras un buen rato de visita, nos fuimos al mercado que había justo al lado para tomar un tentempié. Había un montón de puestos de fruta y verdura (muchos ecológicos). También había chiringuitos para comer: perritos calientes, gofres, crepes… pero nos decidimos por un puesto de pizzas que venía con el horno incluido.

Mercadillo, con la magnífica cúpula del Ayuntamiento al fondo.

Aquí mi mujer se empezó a encontrar indispuesta (se ve que se le indigestaron las compras del outlet del día anterior) y tuvimos que regresar al hotel. Una pena, pero lo primero es la salud.

Las cuestas de San Francisco, míticas.

Mi mujer sigue pocha, pero vamos a hacer un intento por no perder el día. A primera hora nos hemos acercado a las Painted Ladies, las archiconocidas casas de la serie Padres Forzosos. Están junto a Alamo Square, un pequeño parque desde el que se divisan perfectamente. A pesar de ser temprano, no éramos los primeros que estaban haciéndose fotos junto a estos caserones de varios millones de euros.

Las Painted Ladies, las famosas casas de ‘Padres Forzosos’.

La idea desde aquí era cruzar a pie el barrio hippie de Haight-Ashbury y llegar hasta el Golden Gate Park. Sin embargo, por el camino mi mujer se ha resentido, por lo que hemos cogido un autobús. Mientras esperábamos el bus hemos coincidido con una señora china súper simpática de unos 60 años que al ver que éramos turistas y andábamos un poco despistados con el autobús que teníamos que coger, nos ha explicado a la perfección la línea que nos venía bien. Pero no se ha limitado a eso, nos ha dado una serie de consejos prácticos sobre seguridad (eso es muy de abuelilla): nos ha advertido de que tengamos cuidado con la mochila en el bus, porque cantamos a legua que somos turistas y en un descuido nos podemos quedar sin cartera y pasaporte. Además, nos ha dicho que a partir de las 18 horas tengamos cuidado en determinados barrios. ¡Todo controlado! Algo muy curioso que nos ha comentado y que tiene toda la razón es que en el resto de ciudades del mundo hay 4 estaciones al año, aquí hay 4 estaciones al día 😉

Vista desde la parada del autobús. Buen barrio…

Finalmente, el autobús nos ha dejado en la misma entrada de los Jardines Japoneses, y eso es todo lo que hemos visto. Lourdes no podía más así que hemos tenido que abortar la jornada. Una lástima porque teníamos muchas ganas de verlos. En fin, que se le va a hacer, son muchos días de viaje y estás cosas pasan. Mañana intentaremos recuperar el tiempo perdido.

Pirámide Transamerica, en el corazón del distrito financiero.

Hoy tenemos mucho que hacer. Para intentar recuperar el tiempo perdido, hemos cogido el coche. Aún nos quedan muchas cosas por ver y vamos a recorrer las calles de San Francisco a lo Steve McQueen en Bullitt (Peter Yates, 1968) (bueno, quizás un poco más despacio). Comenzamos…

Con el fresquito de la mañana nos acercamos a la famosa pirámide Transamérica, en el centro financiero de la ciudad. El edificio, impresionante desde cualquier ángulo, se ha convertido en pocas décadas en la silueta más característica del skyline de San Francisco. De allí nos dirigimos hacia la zona de Embarcadero, para visitar el gran edificio del puerto, en el Pier 1. Los pier (muelles) del norte de SF están numerados y hay más de 40. La zona está plagada de vagabundos (en general, hay muchísimos homeless por toda la ciudad).

Nuestra siguiente parada es la Coit Tower. Situada en una colina cerca de la bahía (menudas chozas hay por aquí también), cuenta con unas vistas inmejorables de la ciudad. Dudamos si pagar por subir a la torre en sí, la verdad es que desde la colina ya hay unas buenas vistas, pero al final lo hacemos: 7$. Mi consejo: ahórratelos, no merece la pena. En la torre la visión está limitada a unos ventanales muy gruesos y arañados. Aún así, se puede tomar alguna foto potable del skyline de la ciudad.

El puerto de San Francisco, una zona preciosa de la ciudad.

El skyline de San Francisco, pequeño pero resultón.

Una vez concluida la visita nos fuimos a la zona de Fisherman’s Wharf, el antiguo barrio de los pescadores, a ver los leones marinos en el Pier 39. De todos los muelle o pier que hemos visto hasta ahora (Chicago y L.A.), este es el que más nos ha gustado, es super bonito. Eso sí, a reventar de gente. Como los anteriores, está repleto de tiendas y restaurantes.

En una de las zonas había un puesto de fruta fresca del que nos quedamos prendados. Los productos tenían una pinta tremenda y además las raciones eran generosas. Mi mujer se cogió una tarrina de fresas acompañadas de un recipiente con chocolate para mojarlas. Por mi parte, me pedí una de cerezas gigantes. Eso sí, bastante cara, pero estaba exquisita.

Fisherman’s Wharf, una zona muy animada, como se puede comprobar.

La única pega es que a los leones marinos prácticamente ni los vimos. En el muelle hay varias plataformas de madera flotando en el agua donde se suelen colocar, pero los cuatro que había ese día estaban tirados a la bartola en una de las más lejanas. Tras un rato mirando, no vimos demasiado movimiento. Tan sólo había uno más próximo a nosotros y parecía medio muerto de lo sobadísimo que estaba.

La siguiente parada es la calle más sinuosa del mundo, Lombard Street; cómo no, a reventar de gente. El sitio es impresionante, y las casas de la calle, aún más… ¡menudas chozas! La verdad es que en California nos estamos hartando de ver lujo y “utilitarios” tipo Porsche, Ferrari, Lamborghini… ya no impresionan 😉

Lombard Street: los coches no bajan, se descuelgan…

Como íbamos en coche, bajamos Lombard Street como dios manda, sobre ruedas:

Después de esto toca el Golden Gate. No lo atravesamos porque lo haremos mañana cuando salgamos de San Francisco, pero sí que paramos en los miradores del sur desde donde se divisaba bajo una densa niebla. Aquí fue difícil aparcar porque el parking estaba a tope. La verdad es que no se puede decir mucho sobre este puente que no se sepa ya. El lugar más fotografiado de San Francisco y seguramente del mundo… ¡qué de gente! En general, la ciudad está colapsada por los turistas en verano, supongo que en otras épocas del año se podrá visitar más tranquilamente.

El Golden Gate, el puente más famoso del mundo.

En español, “Puerta Dorada”, el Golden Gate es un puente colgante que une la península de San Francisco por el norte con el condado de Marin. Recibe su nombre del estrecho de Constantinopla, llamado también la Puerta Dorada porque comunicaba Europa con Asia.

En la década posterior a la Primera Guerra Mundial, el tráfico rodado en la región de la bahía se multiplicó por siete, de modo que el sistema de ferris era incapaz de absorber este crecimiento. Construido entre 1933 y 1937, cuenta con una longitud aproximada de 1.280 metros y se encuentra suspendido sobre dos torres de 227 metros de altura. La calzada tiene seis carriles (tres en cada dirección) y dispone de carriles protegidos accesibles para peatones y bicicletas. Bajo su estructura, deja 67 m de altura para el paso de los barcos a través de la bahía.

El Golden Gate constituyó la mayor obra de ingeniería de su época. Fue pintado con urgencia para evitar la rápida oxidación producida en el acero de su estructura por el oceáno Pacífico, de ahí su característico color rojo.

El último punto desde donde vemos el gran puente está en la parte baja, en Fort Point, el lugar donde James Stewart se tira al agua para salvar a Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958). Mientras lo contemplamos nos sorprende la presencia de un pelícano que está chorreando, empapado por el oleaje de la orilla y que parece que tiene bastante frío. No me extraña, hace bastante pelete por aquí ya a estas horas de la tarde.

El puente desde Fort Point. El tiempo no acompañaba para imitar a James Stewart…

Y así termina un intenso día de acción en SF. Volvemos al hotel a descansar porque mañana nos espera un largo día entre rejas…

Celdas de Alcatraz. SAN FRANCISCO, CA

Hoy abandonamos Frisco. Tras dejar nuestro hotel de Chinatown, cargamos todos los bártulos en el coche y nos dirigimos hacia el Pier 33, desde donde sale el ferry a la isla de Alcatraz. Nosotros vamos con Alcatraz Cruises. El muelle es un hervidero de gente; no en vano, el presidio es uno de los lugares más visitados de la ciudad.

Patio de la cárcel, reconocible en películas como Fuga de Alcatraz, con Clint Eastwood.

Tras 15 minutos de travesía llegamos a la Roca. Existe la posibilidad de recoger a la entrada unos cascos con una audioguía en español, algo sumamente recomendable y que además es gratis. La narración está hecha para realizar la visita en 45 minutos, tiempo más que suficiente para empaparse de su historia a través de cuatro presos y cuatro carceleros reales de la época (permaneció abierta 29 años, hasta su cierre en 1963), que te meten de lleno en la vida diaria de la cárcel, con anécdotas y curiosidades.

La visita es muy interesante y cuenta con el plus de que, si te gusta el cine, reconocerás rápidamente los pasillos, celdas, patios, torres y demás estancias que han aparecido en decenas de películas.

Recreación de las celdas de algunos presos de la época.

Tras coger el ferry de regreso a SF, hemos recogido el coche y nos hemos dirigido a cruzar la “Puerta Dorada”, difuminada bajo una espesa bruma (este fenómeno se repite especialmente en verano, cuando el viento caliente del interior de California entra en contacto con el aire húmedo procedente del océano). Es una sensación difícil de explicar la que sientes conforme avanzas por este icónico puente, que cuenta con 3 carriles en cada sentido. Un apunte: para salir de San Francisco no hay que pagar peaje pero para entrar sí.

Última vista del Golden Gate antes de seguir hacia Sausalito. Goodbye, SF!

Aprovechamos para parar en un par de miradores de la vertiente norte y tomar las últimas instantáneas antes de ir hacia Sausalito, ahora que se ha levantado un poco la niebla. El trayecto parecía Verano Azul, con un montón de turistas en bicicleta.

Sausalito es un pueblo con mucho encanto, pero el aluvión de “domingueros” estropea tan bella estampa. Teníamos curiosidad por ver las famosas casas flotantes y la verdad es que son una pasada. Hay de todos los colores y formas, algunas de lujo y otras más hippies. La pena es que la mayoría de los muelles son privados, se ve que los propietarios se han hartado de ver gente deambulando por allí.

Casas flotantes en Sausalito, espectaculares.

Las hay para todos los gustos…

Tras un largo paseo por el puerto deportivo hemos salido hacia Oakdale, un pueblecito cercano a Yosemite, el parque en el que mañana lo daremos todo, pero antes hemos pasado por Muir Woods para ver las secuoyas gigantes. El problema es que el aparcamiento estaba lleno y había coches aparcados en la carretera hasta varios kilómetros (hoy es domingo), así que hemos tenido que desistir.

Una vez superada esta pequeña decepción, hemos seguido nuestro camino. A la orilla de la carretera hemos visto varios puestos de frutas –es muy típico aquí ver chambaos al lado de los propios cultivos– y hemos decidido comer algo de lo que allí ofrecían, pagando claro. ¡Recién cogidas del campo y deliciosas!

Tras preguntar en varios moteles, por fin hemos conseguido alojamiento en un tal Jerry’s Motel, que a juzgar por el personaje que lo regenta así debe ser la habitación, pero como no hay más donde elegir y el precio no es malo, pues hemos decidido quedarnos. Al menos tiene “waifi”, como dicen por aquí. Mañana estaremos en Yosemite, último gran parque que visitaremos. Ya va quedando menos…